La partida de ajedrez (cuento Zen sobre concentración y compasión)

En el mundo del mindfulness, se trabaja el tema de la atención y la concentración en el momento presente. Al mismo tiempo, se cultiva todo un aspecto ético que podríamos resumir bajo el concepto de compasión.

A menudo pienso, fascinado, en la relación entre estas dos facetas del mindfulness. No me parece algo evidente, pero creo que es importante mantener este lazo, cuidarlo, conocerlo y comprenderlo.

Por eso me alegró mucho encontrar este cuento Zen, que habla de concentración y compasión. Tanto, que decidí ponerle voz, añadirle un poco de música y difundirlo.

Aquí está el vídeo, y debajo, si prefieres, puedes leer la historia.

La partida de ajedrez

Hace muchos años, en Japón, un joven, preso de la amargura, acudió a un monasterio, y le dijo a un anciano maestro:

—Quiero alcanzar la iluminación, pero no puedo soportar tantos años de retiro y meditación. ¿Existe un camino rápido para alguien como yo?
—¿Te has concentrado a fondo en algo durante tu vida? —preguntó el monje.
—Sólo en el ajedrez. Mi familia es rica y nunca he tenido que trabajar.

El maestro llamó entonces a otro monje. Trajeron un tablero de ajedrez y una espada afilada que brillaba al sol.

—Ahora vas a jugar una partida muy especial de ajedrez —dijo el maestro—. Si pierdes, te cortaré la cabeza con esta espada. Pero si ganas se la cortaré a tu adversario.

Empezó la partida. El joven sentía cómo las gotas de sudor recorrerían su espalda. Estaba jugando la partida de su vida. El tablero se convirtió en el mundo entero. Se identificó con él y formó parte de él. Empezó perdiendo, pero su adversario cometió un pequeño desliz. El joven aprovechó la ocasión para lanzar un fuerte ataque que cambió su suerte. Entonces, miró de reojo a su adversario. Al ver su rostro inteligente y sincero, marcado por años de esfuerzo, recordó su propia vida, ociosa y banal…

De repente, se sintió tocado por la compasión. Así que cometió un error, conscientemente, y luego otro… Iba a perder. Al ver lo que estaba pasando, el anciano maestro arrojó el tablero y las piezas al suelo.

—No hay vencedor ni vencido —dijo el maestro—. No caerá ninguna cabeza.

Se volvió hacia el joven y añadió:
—Dos cosas son necesarias: la concentración y la compasión. Hoy has practicado las dos.

 

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